El juego es representado como importancia clave como actividad lúdica. Ofreciendo así situaciones divertidas y placenteras, realizadas en total libertad, donde los niños y niñas fomentan el placer por el descubrimiento, la fantasía y la simulación. Siguiendo estas pautas, se consigue el desarrollo afectivo, promotor, social, cognitivo y lingüístico, fortaleciendo el crecimiento global y armónico. Mediante el juego, los párvulos se acercan tanto al conocimiento del entorno, como a los pensamientos y emociones propias y de los demás.
El
juego se envuelve en un carácter motivador, creativo y placentero. A través de
estas situaciones los adultos observan y conocen a los niños y niñas, y también
ayudan a estimular las acciones que ofrece la interacción lúdica con adultos e
iguales, por mediación del potencial de desarrollo. Además, los padres o
tutores deben estimular juegos motores, de imitación, de representación,
expresivos, simbólicos, dramáticos y de tradiciones culturales.
En
los pequeños entre 1 y 2 años, se marca el juego heurístico, ya que, se acercan
al conocimiento de lo que les rodea. En el final del primer ciclo y sobretodo
en el segundo ciclo destaca como principal el juego simbólico, ayudando a
intentar comprender e interpretar gradualmente el mundo que les rodea.
La
potencialidad educativa del juego ofrece un triple carácter; 1 ha de tratarse
como objetivo educativo, 2 como contenido y 3 como recurso metodológico.

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